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GRACIAS

En el crepúsculo de mis años, encontré compañía no en el ajetreo de la vida, sino en los ojos de un amigo leal. Era un callejero, su abrigo estaba tapado y su vientre vacío, pero su espíritu intacto. Con un toque suave, me acerqué, y él, con una confianza tan vasta como el cielo abierto, me siguió a casa.

Ahora es más que mi perro, es mi confidente, mi alegría, mi pequeño faro de esperanza. Cuando le hablo, él escucha, respondiendo no con palabras, sino con un amor tan puro que se habla en el lenguaje silencioso de los movimientos de la cola y lamidas tiernas sobre mis cansadas manos.

"Fido", susurro, mientras las últimas monedas tintinean en nuestro tarro, "paciencia, amigo mío, porque nuestro banquete está a un amanecer".

Y cuando el amanecer rompe, nos mantenemos juntos en medio del mar de caras superadas por el tiempo, cada uno sosteniendo guiones de la vida bien vivida. La cola de Fido baila de alegría, porque sabe que hoy, nuestras barrigas estarán llenas, y nuestros corazones aún más llenos.

El frío del invierno puede filtrarse a través de las grietas de nuestra humilde morada, pero Fido está cerca, su calor ahuyentando el frío. A medida que las primeras flores de la primavera se despliegan, disfrutamos del resplandor dorado, nuestras almas se entrelazan en silenciosa gratitud.

Desde lo más profundo de mi ser, asciende una oración, llevada en alto por la brisa de la mañana:

"Gracias, Divino Creador, por el don del perro, un verdadero amigo que no pide nada pero lo da todo".

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